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22 mayo 2009

El mejor club de la historia


La elección para el mejor club del siglo XX de la FIFA fue realizada por los lectores de la revista bimestral FIFA Magazine en diciembre de 2000.



Pos. Equipo (Porcentaje)

01 Real Madrid (42,35 %)
02 Manchester United (9,69 %)
03 FC Barcelona (6,18 %)
04 Bayern Munich (5,61 %)
05 Ajax Amsterdam (5,10 %)
05 Santos (5,10 %)
07 Juventus (2,55 %)
08 Peñarol (2,04 %)
09 Flamengo (1,53 %)
09 AC Milan (1,53 %)
09 River Plate (1,53 %)
12 Arsenal (1,02 %)
12 SL Benfica (1,02 %)
12 Boca Juniors (1,02 %)
12 Botafogo (1,02 %)
12 Independiente (1,02 %)
12 Inter Milan (1,02 %)
12 Liverpool FC (1,02 %)
-- Otros (6,63 %)

15 mayo 2009

Campeón de campeones


La leyenda del Madrid se ha fraguado en Europa, traspasando fronteras. Es el único equipo que ha conquistado nueve veces la Copa de Europa —ahora Liga de Campeones—. Además, la ganó cinco años consecutivos. Ésta es la detallada crónica de una hazaña irrepetible, junto a Gento, Di Stéfano, Puskas…

El País Semanal. 3 de Marzo de 2002. Por Alfredo Relaño.

El jueves 14 de diciembre, la prensa inglesa recogía con euforia la victoria por 3-2 del Wolverhampton sobre el Honved. “¡Wonderful wolves do it again! ¡Wolves the great! ¡They had the Nelson spirit! ¡Never a game like it!”. El entusiasmo estaba justificado. El Honved de Budapest era tenido, de largo, como el mejor equipo de club del mundo. Ocho de sus titulares conformaban la base de la selección húngara, que por aquellos tiempos era considerada la perfección absoluta. Y casi lo era. Entre 1950, cuando empezó a cuajar, y 1956, cuando se deshizo a causa de la invasión soviética de su país, encadenó 49 partidos con 42 victorias, seis empates y sólo una derrota. Es verdad que fue a perder el partido que menos debía, la final del Mundial de Suiza, ante Alemania. Pero aquello fue un accidente, una casualidad, una injusticia. Dos tiros al palo, mal arbitraje, Puskas lesionado… Pero aquella derrota no minó el prestigio de un equipo de fútbol que había sido el primero en la historia en conseguir una victoria como visitante en Wembley. Fue el 25 de noviembre de 1953, con una exhibición santificada por el resultado final de 3-6 y saludada el día siguiente por The Times con este rendido titular: The match of the century (El partido del siglo). (Los ingleses se atrevieron a pedir revancha en Budapest y regresaron con un 7-1 en las costillas). Así que había motivos para el fervor de la prensa inglesa por la victoria de su Wolverhampton sobre el Honved. Y además llegaba poco después de la que había conseguido sobre el Spartak, el campeón ruso, que se estaba labrando también un prestigio a fuerza de victorias en amistosos.

Al otro lado del canal dirigía L’Equipe un viejo pionero del fútbol, Gabriel Hanot. L’Équipe era hijo y sucesor de L’Auto, el periódico que a principios de siglo había lanzado la iniciativa del Tour de Francia, con el éxito que hoy conocemos. Hanot redactó un encendido artículo, en el que homenajeaba los éxitos de los Wolves en su propio campo. Pero, añadía, ¿sería el mismo equipo fuera? Y planteaba un ambicioso proyecto, que desarrollaría en sucesivos artículos: una Copa entre los equipos campeones de toda Europa. Emparejados por sorteo, eliminados a ida y vuelta y con una final a partido único en campo neutral. Los partidos se jugarían entre semana, con luz artificial, que por entonces empezaba a instalarse en los estadios. Asomaba ya la nariz la televisión, que podría contribuir a pagar los gastos de esta Copa. La aviación comercial estaba bastante desarrollada por aquel entonces y la fiebre por el fútbol era ya un contagio total en nuestro continente, que no se conformaba con sus propias ligas. Europa hervía en partidos amistosos aquí y allá, donde unos medían fuerzas con otros. Como los Wolves con el Honved.

En Madrid, Santiago Bernabéu leyó los artículos con interés. Aunque aquí se trabajó un marketing de cazurro, era un hombre atento a las ideas de fuera, manejaba bien el francés y alemán y ya se había dado cuenta de que el fútbol tenía que saltar fronteras. Hacía un año y medio que había fichado a Di Stéfano, y con él había ganado la Liga 1953-1954 (después de 21 años sin que el Madrid ganara ese título) y se veía en camino de ganar la 1954-1955. En el Barça, Kubala empezaba un suave declive.

Sí, decididamente, esa Copa de Europa podía ser lo que Bernabéu necesitaba.

Entramos en 1955. En marzo hay congreso constituyente de la UEFA, en Viena, y Hanot aprovecha para vender su entusiasmo. Para el 2 de abril organiza una cita en el hotel Ambassador de París, a la que acuden 15 presidentes (o delegados) de los clubes europeos campeones. (Uno de ellos, Gustav Sebes, factótum del Honved y de la federación húngara, llevaba la representación de la URSS y Checoslovaquia. Cuestión de disciplina comunista). Fueron dos días de trabajo y discusiones en los que Bernabéu brilló por su astucia y generosidad. Para evitar luchas estériles, propuso como presidente del Comité Ejecutivo al vicepresidente de la federación francesa, Ernerst Bedrignans, con lo que rendía culto al padrinazgo francés. Su propuesta fue aclamada y desarmó todos los politiqueos. Luego, ante las discusiones sobre el reparto de los ingresos, propuso que en todos los casos se repartiera el taquillaje en dos mitades, entre el equipo local y el visitante. Como Bernabéu disponía del mayor estadio de la época, su ofrecimiento desarmó todos los egoísmos.

De allí salió una propuesta formal de Copa de Europa, que aún tendría que salvar un par de escollos. Por un lado, Italia y los países de la cuenca del Danubio se lanzaron a la idea de recuperar la Copa MITROPA (de Mittel-Europa, Centroeuropa), que había tenido tradición antes de la guerra. Por otro lado, la recién creada UEFA acariciaba la propuesta de crear una Copa de Ciudades en Feria, a la que concurrirían, como su nombre indica, equipos (o combinados de varios equipos) de ciudades organizadoras de ferias internacionales. La UEFA entendía que el respaldo de los ayuntamientos de grandes ciudades era la mejor garantía.

Todo acabó en la mesa de la FIFA, que, fiel a su eterno estilo de dejar que el tiempo resuelva las cosas, dio vía libre a las tres. Eso sí: advirtió que la Copa de Europa de L’Équipe no podía llevar tal nombre, sino el de Copa de Clubes Campeones Europeos. Y con tal nombre nació.

Y nació bien. La segunda y definitiva reunión tuvo lugar ya en Madrid, prueba de la buena impresión que Bernabéu (y su ya inseparable Saporta) habían producido en la primera. Fue el 17 de mayo de 1955. Se aceptó el nombre sugerido por la FIFA, se invitó al presidente de la UEFA, el danés Schwartz, a incorporarse al Comité Ejecutivo (pronto se le hizo presidente), se esbozó el calendario, se ultimó el presupuesto, y todos tan felices. Cuatro días después, una última reunión UEFA-Comité Ejecutivo en París lo dejaba todo listo.

Quizá éste sea el momento para valorar el mérito de aquella gente. Hablamos de la primavera de 1955, cuando sólo hacía 10 años que había acabado la II Guerra Mundial. Cuando todavía se retiraban cascotes en bastantes ciudades. Cuando aún había rencores entre vencedores y vencidos. Cuando la guerra fría creaba nuevas diferencias entre recientes aliados. Cuando estaban aún por llegar los días en los que De Gaulle y Adenauer empezaron a plantear el sueño de la construcción de Europa.

En ese tiempo histórico, unos cuantos visionarios lograron reunir en una causa de integración europea a vencedores y vencidos, atlantistas y comunistas, monarquías, repúblicas y dictaduras. La fuerza del fútbol.

A finales del verano están en línea de salida estos equipos: Servette, Real Madrid, Sporting de Lisboa, Partizán, Rapid de Viena, PSV, Milan, Saarbrücken, Roth Weiss Essen, Hibernians, Djugardens, Gwardia de Varsovia, Voros Lobogo, Anderlecht, Aarhus y Stade de Reims. Fallaron los ingleses, siempre tan altivos, y los rusos, siempre tan misteriosos. La mayoría de los participantes eran los campeones vigentes de Liga de sus países, aunque no todos.

El Madrid sí era el campeón vigente de Liga en España. Lo había sido en las dos últimas ediciones. Tenía todavía un equipo formado casi íntegramente por españoles, sin más excepciones que Di Stéfano, el genial número nueve que jugaba por todas partes y marcaba más goles que nadie, y un interior también argentino, Roque Olsen, cerebral y lento, que empezaba a perder protagonismo.

Durante ese verano, Di Stéfano convenció a Bernabéu para que incorporara a Héctor Rial, argentino hijo de gallegos e inscrito como español en el consulado de Buenos Aires desde su nacimiento. Di Stéfano le conocía de Argentina y de Colombia. Era un jugador moderno. Era lo que Di Stéfano quería: “Uno que cuando yo le dé el balón, me lo devuelva”. Bernabéu, que siempre valoró el criterio de Di Stéfano, lo trajo. Y acertó.

Al Madrid le tocó en suerte el Servette suizo. La cita era el 8 de septiembre, fiesta local. La reina Victoria Eugenia vivía en Lausana, y Raimundo Saporta (entonces gerente y gran consejero de Bernabéu en cuestiones de imagen) propuso una visita. Y se hizo. La reina Victoria Eugenia, su hijo, don Juan de Borbón, y el joven príncipe Juan Carlos (17 años) se retrataron en la escalinata del palacete junto al equipo. Don Juan y su hijo fueron invitados al partido. A Franco no le hizo ninguna gracia el asunto.

Pero Saporta había conseguido lo que se proponía: elevar al Real Madrid a un nivel institucional. Por encima de los azares de la historia.

A las 16.45, los equipos saltan al campo. Con don Juan y don Juan Carlos en la tribuna. A las 17.30 se van al descanso con empate a cero. Los suizos son peores, pero juegan al cerrojo, que precisamente se inventó allí. En el vestuario, Di Stéfano está de mal humor. En eso aparece Saporta con el Príncipe, que ha bajado a saludar y dar ánimos. No fue una buena idea. Cuando llega donde Di Stéfano, le dice: “Saeta, los emigrantes esperan una victoria”. Di Stéfano le soltó una fresca. Aún lo recuerda y se ríe. “¡Ese chico ahora es el Rey!”.

Pero pasó el trago, marcaron Miguel Muñoz en el minuto 74 (sí, el que luego fue tantos años entrenador del equipo) y Rial en el 89, y hasta la vuelta. La vuelta fue, de nuevo fiesta, el 12 de octubre. Cinco a cero.

Y entonces vino la primera prueba de verdad difícil: el Partizán de Belgrado. El partido de ida se fijó para la tarde del día de Navidad. Todavía no había luz artificial en el Bernabéu, así que el partido empezaba a las tres de la tarde. La atracción era irresistible. El ingenuo morbo de ver comunistas auténticos le daba un interés extra al partido. ¿Sonaría La Internacional? ¿Tendría su bandera la hoz y el martillo? ¿Tendrían cuernos y rabo los súbditos de Tito? ¿Su piel era realmente roja?

Luego resultaron ser gente corriente. Buenos futbolistas. Y tipos educados. En los 10 primeros minutos marcaron dos goles, que les fueron anulados, y ellos aceptaron disciplinadamente la decisión del árbitro. Luego, el Madrid marcaría cuatro, dos de ellos del extremo derecho Castaño, que tuvo esa tarde su momento de gloria.

Lo que siguió fue el peor trago que el Madrid pudo pasar en los cinco años de marcha triunfal que le hicieron un club único. El 29 de enero, en Belgrado, el campo estaba completamente nevado. Todos en el Madrid eran partidarios de forzar un aplazamiento. Todos, menos Bernabéu, siempre empeñado en que el Madrid fuera ante todo un dechado de virtudes deportivas. Años después me explicó que la Copa de Europa “sólo fue posible con grandeza de ánimo. Con mezquindad no prospera nada”. El caso es que el campo era hielo por abajo y nieve por encima. Líneas rojas, balón naranja, y el Partizán, mejor adaptado a las circunstancias. Muchos años más tarde, Juanito Alonso, el portero, aún recordaba con terror aquello: “Sacaron de centro, avanzaron sin oposición y no sé cuál de ellos soltó un cañonazo al travesaño. Me cayeron sobre los hombros seis kilos de nieve”. Tuve esta conversación con él en 1981, veinticinco años después de aquello, y todavía no se explicaba cómo pasaron: “No salimos casi del área. Sólo una vez llegamos arriba, hubo penalti y Rial lo tiró alto. Perdimos sólo por tres a cero y aún no me explico cómo”.

Pero pasaron. Y luego eliminaron al Milan en semifinales. Y resultó que la final era en París, honor debido a los inventores de la cosa, y que el oponente era el Stade de Reims, el gran equipo francés de la época, que tenía en su delantera a Kopa, el napoléon del fútbol.

Fue un partido grande, en el Parque de los Príncipes. El Madrid jugó con Alonso; Atienza, Marquitos, Lesmes; Muñoz, Zárraga; Joseíto, Marsal, Di Stéfano, Rial y Gento.

Dos a cero muy rápido para los franceses, el Madrid que empata a dos, tres a dos para los franceses y arreón final del Madrid, que da la vuelta al marcador: 4-3.

El Madrid regresa a casa con su Copa de Europa, que se ha considerado en términos generales un éxito rotundo. Nada que ver con la Copa de Ferias, cuya primera edición tarda dos años en consumarse.

Europa da por bueno que el mejor equipo del año es el Madrid. Eso le concede el derecho a participar en la edición siguiente, aunque no consiga ganar la Liga española, que ese año es para el Atlético de Bilbao (entonces no era Athletic, sino Atlético). Los bilbaínos tienen en esos días un equipo colosal, que hace doblete y que queda impreso a fuego en la memoria colectiva de nuestro fútbol: Carmelo; Orúe, Garay, Canito; Mauri, Maguregui; Arteche, Marcaida, Arieta, Uribe y Gaínza.

Aquélla era la tercera Liga de Di Stéfano en el Madrid y la primera que no ganaba. Pero a Bernabéu no le importó mucho. Tenía puestas sus miras en Europa. Con los ahorros que las suculentas taquillas de su gran estadio le habían dejado hizo un aparte para fichar a Kopa. Así ganaba un gran jugador, fortalecía el ala derecha de la delantera y aumentaba el prestigio de su equipo. “En Francia hablarán más de nosotros, y Francia es el centro de opinión del deporte mundial”. Di Stéfano se nacionalizó español para dejar su plaza de extranjero a Kopa.

La Copa de Europa había convencido. Tanto, que se apuntaron los ingleses. El campeón de turno fue el Manchester United de los chicos de Matt Busby, entre los que empezaba a pedir paso el jovencísimo extremo izquierda Bobby Charlton.

El Madrid arrancó pasándolas canutas con el Rapid de Viena de Happel y Hannapi. En Viena salvó la situación, cuentan, gracias a la primera gran santiaguina de Santiago Bernabéu, que en el descanso bajó a levantar el ánimo de un equipo al que veía eliminado. Aun así, fue necesario un desempate. Luego el Niza, más fácil. Y en semifinales, el Manchester United.

Tuvo su historia. En esa edición, el Atlético de Bilbao arrancó eliminando primero al Oporto y luego nada menos que al Honved. Le ganó en San Mamés (3-2). El partido de vuelta hubo que jugarlo en Bruselas porque al poco de salir el Honved para disputar esta eliminatoria (y algunos amistosos), los tanques rusos se habían metido en Budapest para sofocar venalidades revisionistas del Gobierno húngaro. El Honved, mientras decidía qué hacer, obtuvo permiso para jugar su partido de vuelta en Bruselas, donde un empate a tres clasificó a los vascos.

Tras eliminar al Honved, los leones se sentían capaces de cualquier cosa. Y más después de ganar en San Mamés en la siguiente ronda al Manchester United por 5-3, en una tarde mágica en la que nevó en Bilbao, algo inusual. Pero en Old Trafford, el Manchester fue implacable: 3-0. Y luego el bombo le emparentó con el Madrid.

En una tarde de primavera, un Bernabéu reventón (135.000 espectadores fue el dato oficial, posible, porque entonces gran parte de las gradas eran de a pie) vio a los suyos ganar por 3-1. Pero ¿bastaría? Bastó. En Old Trafford, los jugadores se impresionaron por el estruendo, como les había ocurrido a los del Atlético de Bilbao antes. Bocinas, carracas, trompetas, megáfonos… Aquello era desconocido en España. Pero el Madrid bajó el balón y se puso cero a dos. El ruido decayó. Avanzada la segunda parte, un gol de Whelan sacó otra vez a volar las carracas. Pero el 2-2 (Bobby Charlton) no llegó hasta muy al final. La prensa inglesa se inclinó ante el Madrid y ante su central, Marquitos, que mantuvo un bravo duelo por alto con Tommy Taylor, el importante delantero centro inglés.

Frente a eso, la final no fue nada. En el Bernabéu y ante la Fiorentina, jugaron: Alonso; Torres, Marquitos, Lesmes; Muñoz, Zárraga; Kopa, Mateos, Di Stéfano, Rial y Gento. Dos a cero. Segunda Copa.

Era para estar satisfechos. Bernabéu había sido de los promotores de la Copa. Había ganado dos ediciones, dejando todo un reguero de víctimas: Servette, Partizán, Milan, Stade de Reims, Rapid de Viena, Niza, Manchester United y Fiorentina.

Pero el asunto no iba a para ahí. No iba a parar hasta convertirse en leyenda.

Se hablaba, a pesar de los méritos de Marquitos, de que el Madrid tenía una defensa de alpargata. Así que para la tercera Copa, Bernabéu fichó a Santamaría, espléndido central uruguayo. Marquitos se desplazó cortésmente al lateral derecho.Y el equipo se sumergió ávido en su tercera Copa, de la que fue expulsando sucesivamente al Royal Antwerp, al Sevilla (que participaba como subcampeón de Liga, gracias a que el Madrid, además de campeón de Liga, había sido campeón de Copa de Europa) y al Vasas de Budapest. A esas alturas, cada partido en el Bernabéu era ya una gozosa goleada bajo los focos de la flamante iluminación artificial. Y todos los partidos, los de casa y los de fuera, se traducían ya en un ruido victorioso que los aparatos de radio proyectaban hasta los últimos rincones de España. La epopeya estaba calando. La España de la escasez, el atraso y la emigración se abrazaba a la ilusión de ese ejército invencible.

La final fue contra el Milan, en Bruselas, bajo el Atomium, en el años más tarde tristemente célebre Heysel. El Milan era otro equipazo, que también gastaba en fichajes lujosos. Tenía suecos y argentinos de calidad. El partido acabó 2-2. Exhibición por ambas partes, y ante la prórroga, todos fundidos. Di Stéfano se acercó a Gento y le fue sincero: “Mirá, Paquito, no podemos más. Y ellos aún respiran. El único fresco aquí eres tú, así que o los ganás tú o nos quedamos sin Copa”.

A Gento le impresionó la confianza que le mostró Di Stéfano. Era mucho más joven que él y a su lado aún se sentía un novato. Así que soltó las pocas carreras que aún le quedaban dentro y marcó el gol de la prórroga. Tres a dos, tercera Copa. Esta vez la cogió Juanito Alonso, porque Muñoz ya se batía en retirada. Su puesto fue para un fino medio sevillano, Santisteban. Esa tercera final la jugaron: Alonso; Atienza, Santamaría, Lesmes; Santisteban, Zárraga; Kopa, Joseíto, Di Stéfano, Puskas y Gento.

Juanito Alonso cogió la Copa bajo el Atomium, sí, pero salió herido de esta edición. En la cena tras el partido de octavos contra el Royal Antwerp (entonces había cenas de fraternidad deportiva tras los partidos, bella costumbre que el tiempo se llevó) estuvo, a juicio de Bernabéu, inoportuno. Bernabéu exigía a sus jugadores una conducta intachable. Quería que el Real Madrid fuera una embajada perfecta. Todos con corbata, todos con compostura en el campo y fuera de él. Señorío, humildad, respeto al vencido… Pero aquella noche en Amberes, Alonso se saltó las normas. Hacía mesa con Marquitos, Atienza y Lesmes. La cena tardaba en llegar y los cuatro alborotaban un poco. Sobre todo él. Desde la mesa presidencial, Bernabéu lanzaba miradas de reproche. Cuando llegó la cena, Alonso empezó a protestar porque la tortilla de patatas (homenaje del cocinero del hotel hacia los victoriosos españoles) le pareció heterodoxa. No era redonda, sino en forma de elipse, y sobre eso hizo bromas.

Para Bernabéu ya fue demasiado. Sabía que estaba en trámites el fichaje de Rogelio Domínguez, portero del Racing y de la selección argentina, por el Atlético. Luis Guijarro, el gran intermediario del momento, tenía ya los derechos del jugador. Bernabéu ordenó a Saporta: “Empiece desde ahora mismo a buscar a Guijarro y ofrézcale 50.000 pesetas más que el Atlético por Domínguez”.

Así perdió Juanito Alonso el favor de Bernabéu y la titularidad en el Madrid. Para la cuarta Copa de Europa, el portero fue el flamante, elástico y delgado Rogelio Domínguez, nacido en Argentina, pero de pasaporte español.

En esa cuarta Copa, el escollo fue el Atlético de Madrid, que le cayó al Madrid en el bombo en las semifinales. El Madrid llegó a ellas tras eliminar al Besiktas –al que costó doblegar por el acierto de un pequeño y agilísimo portero, Varol– y al Wiener Sportklube. El Atlético participaba como subcampeón de Liga.

Así que hubo choque de la máxima rivalidad (entonces no se conocía lo de derby) en semifinales de Copa de Europa, nada menos. Aquel era un gran Atlético de Madrid, con una imponente delantera rematada por el ala infernal: Peiró y Collar.

Dos a uno en el Bernabéu para el Madrid. Uno a cero para el Atlético en el viejo Metropolitano. Desempate en Zaragoza y victoria del Madrid por 2-1, en La Romareda. Con gol final de Puskas.

Porque a esas alturas, el Madrid había fichado a Puskas. Palabras mayores.

Puskas jugó su último partido con el Honved contra el Atlético de Bilbao, en Bruselas. Como algunos de sus compañeros (Kocsis y Czibor entre ellos, que acabaron en el Barça), no quiso volver a Budapest para escuchar el ruido de las cadenas de los T-34 rusos sobre los adoquines de su ciudad. Se quedó vagando por la Riviera italiana, contratándose para partidos amistosos, engordando y enfrentándose a un futuro que se le iba volviendo más negro. Había entrado en la treintena y guardaba en su recuerdo 84 partidos y 83 goles con la selección húngara. Impresionante. Pero pasaban los meses, engordaba y sus hazañas quedaban atrás.

Hasta que Bernabéu se propuso ficharlo. Contra el criterio de su propio entrenador, Carniglia, un argentino que había acumulado experiencia en Europa.

El sobrepeso de Puskas cuando llegó era de 12 kilos. En la plantilla hubo murmuraciones. Se esperó el primer entrenamiento para un juicio definitivo. Efectivamente, estaba hecho una calamidad física, pero Di Stéfano zanjó la cuestión al pronunciarse: “Maneja mejor la bola con el pie zurdo que yo con la mano”.

Pero en la final, contra el Stade de Reims, en Stuttgart, Carniglia no quiso sacarle. Pretextó que podría predisponer al público en contra, porque la familia Puskas era de origen alemán, y el padre del jugador había abjurado de su apellido alemán, Purczfeld, que cambió por Puskas. Al descanso del partido se llegó a uno a cero. Mateos había marcado un gol, pero luego había fallado un penalti que él mismo se empeñó en tirar.

Finalmente, el Madrid ganó, con otro gol de Di Stéfano. Dos a cero. Kopa sufrió un feo golpe de sus compañeros y jugó cojo. Fue su último partido en el Madrid. Le pudo la nostalgia y no quiso renovar. El Madrid jugó con Domínguez; Marquitos, Santamaría, Zárraga; Santisteban, Ruiz; Kopa, Mateos, Di Stéfano, Rial y Gento.

Cuarta Copa consecutiva. ¿No había otro equipo en Europa? Sí los había, pero ninguno mejor. ¿Y qué tenía aquel equipo?

Di Stéfano comenta que ocupaban el medio campo con más gente que nadie. Siempre tenían superioridad ahí. En realidad, gracias a él, un falso delantero centro que bajaba a buscar e incluso a cortar al medio campo, y aun a la defensa, pero que no perdía la llegada. Y estaba la velocidad de Gento, que permitía una solución fácil cuando no había otras alternativas. Y el poderío de Santamaría atrás. Y Puskas…

Carniglia se fue y Puskas respiró. Como entrenador se incorporó Fleitas Solich. El fichaje lujoso del año fue Didí, un colosal interior de la selección brasileña, campeona del mundo en 1958. Un cisne negro, de cuello largo y precisos pases en profundidad. Pero un jugador sin la movilidad que el estilo del equipo necesitaba. Un fiasco. No era jugador para ese equipo, combativo, rápido y solidario. Y se notó. Encima, su mujer, doña Guiomar, le metió en un jardín. Un periódico brasileño le encargó unas colaboraciones. En una de sus crónicas sólo se le ocurrió escribir que a su marido le ponía mal la prensa española porque en el Madrid todos los jugadores pagaban a los periodistas menos él, que se había negado a pagar. Fue el acabose.

No importó. No hacía falta un Didí para mantener la racha. Esta vez, el aperitivo fue fácil: el Jeunesse D’Esch, de Luxemburgo. Luego, el Niza, al que había vuelto Carniglia. En semifinales, bomba: el Barcelona. Campeón de Liga de 1959, entrenado por el Mago Helenio Herrera (el técnico más avanzado de la época, al que Bernabéu persiguió sin éxito durante años) y con una constelación de estrellas en el ataque: Tejada, Kubala, Kocsis, Evaristo, Eulogio Martínez, Villaverde, Luis Suárez y Czibor. De media para atrás, grandes jugadores catalanes, internacionales todos, empezando por el acertadísimo Ramallets.

Pero no hubo caso. El Madrid ganó los dos partidos por 3-1, primero el de casa y luego el de Barcelona. Para entonces, Fleitas Solich ya había hecho las maletas. El fracaso de Didí le arrastró a él. El fracaso de Didí, por cierto, se palió con la contratación de Luis del Sol, extremo izquierda del Betis. Siete Pulmones, le apodaron. Corrió lo suyo. Ventiló un equipo en el que a Di Stéfano ya le pesaban los años y a Puskas nunca dejaron de pesarle los kilos.

Y a la final. Contra el Eintracht de Francfort, un eficaz y solidario equipo alemán. La cita fue en el Hampden Park de Glasgow, y los clásicos aún lo consideran el mejor partido de la historia.

Durante muchos años, la BBC lo ha repetido como un clásico en su programación navideña.

Al final, el marcador reflejaba 7-3. Cuatro goles de Puskas y tres de Di Stéfano, que con ésta ganaba su quinta final consecutiva. En todas ellas marcó al menos un gol. Zárraga y Gento también jugaron todas las finales, y a Marquitos hay que reconocerle que aunque se perdiera la tercera, por lesión, fue titular todo el ciclo.

En cinco años, el Madrid había lanzado esta competición, que había hecho de su propiedad para prestigiarla, con su juego brillante y audaz, con su estilo noble, con su mágica aura de invencible. En cinco años superó 15 eliminatorias a doble partido y cinco finales, en una serie sensacional de 27 victorias, 4 empates y 6 derrotas. Con 112 goles marcados por 42 encajados. Todo ante la flor y nata del fútbol europeo.

La leyenda estaba en lo más alto. Y aún cogió más brillo con el nacimiento de la Copa Intercontinental, creada justo entonces para enfrentar a los campeones de Suramérica y Europa. A ida y vuelta. Enfrente, el Peñarol. Primero, Montevideo: cero a cero. Luego, Madrid. A los diez minutos ya estaba todo resuelto, con tres goles del Madrid. Al final, la cosa quedó 5-1. Campeones del mundo.

Y ahí justo empezó la decadencia. Lenta y grandiosa. En la sexta, el equipo invencible cae por primera vez ante el Barcelona, que había vuelto a ganar la Liga. El cruce es en cuartos. Hay empate a dos en el Bernabéu, con arbitraje muy protestado de míster Ellis. Y un 2-1 para el Barcelona en el Camp Nou, con cuatro goles anulados al Madrid. El estupor deja paso a todo tipo de explicaciones, pero el caso es que el Madrid no jugará su sexta final. A ella llega precisamente el Barça, lastrado por una extraña maldición. Se encuentra al Benfica, al que pega un meneo. Pero cinco balones le dan en los postes y encima Ramallets comete fallos de colegial. Gana el Benfica por 3-2.

El Madrid se siente vengado.

Al año siguiente es el Madrid el que llega a la final… con el Benfica, que ha incorporado un fabuloso goleador de Mozambique, Eusebio. Puskas adelanta al Madrid, 0-2 y 2-3, pero en la segunda parte, Eusebio es un vendaval. Gana el Benfica 5-3. Ahora es el Barça el que se siente vagamente feliz…

Más decadencia. En la octava edición, el Madrid cae a la primera ante el Anderlecht, que presenta en sociedad la trampa del fuera de juego. Empate en Madrid y derrota en Bruselas. Adiós.

Y Di Stéfano cumple años. Ya pisa los 37 cuando juega su última Copa, la novena edición. Esta vez todo parece ir bien: Glasgow Rangers, Dinamo de Bucarest, Milan (fantástico partido de Di Stéfano en casa), Zúrich… todos van cayendo. Goleadas en casa, buenos resultados fuera.

La final es en Viena, contra el Inter de Milán, obra personal del maléfico Helenio Herrera. El hombre que no pudo eliminar al Madrid cuando dirigía al Barça se había marchado a Italia, llevándose a Luisito Suárez. En torno a él creó un equipo egoísta, inteligente y certero. A ese equipo le tocó el honor de hacer el papel de malo de la película.

Porque aquello sí fue Waterloo. El Madrid perdió por 3-1. Hubo bronca dos días antes del partido por el emplazamiento del hotel, el día antes del partido por las persianas del hotel, el día del partido por la táctica, durante el partido por quién estaba más viejo y gordo, si Puskas o Di Stéfano…

Fue el último partido de Di Stéfano en el Madrid. Dejó tras de sí 49 goles en la Copa de Europa y se fue a apurar sus últimos partidos al Español.

Pero aquel Madrid parecía tener más vidas que Rasputín y aún tuvo un fugaz renacer. Fue dos años después, en 1966. Un equipo renovado, yeyé, todo de españoles y en el que permanecía Gento como testigo de otra época, fue pasando eliminatorias hasta llegar a la final y ganarla, 2-1, al Partizán. Jugaron Araquistáin; Pachín, De Felipe, Sanchís; Pirri, Zoco; Serena, Amancio, Grosso, Velázquez y Gento.

Luego, un largo y oscuro túnel. Una travesía del desierto de dimensiones casi bíblicas. Hubo incluso años en que el equipo ni se clasificó para participar en su Copa. Tuvo que recurrir a la Recopa (de campeones de Copa), que Bernabéu siempre había mirado por encima del hombro. O a la Copa de la UEFA, heredera directa de la Copa de Ferias, la Copa de los pueblos, en la terminología irónica de Santiago Bernabéu. Alguna vez ni eso. Algún año, el Madrid no se clasificó para ningún campeonato europeo. Pero el madridista siempre pensó que la Copa de Europa era suya. Y lo chocante es que el milagro se dio, y que se dio cuando menos se esperaba. Hace nada, para ser precisos.

El Madrid decaía tras un periodo singular. A la brillante Quinta del Buitre le sonaba ya el timbre de fin del recreo. Ramón Mendoza, que había rondado la recuperación de la Copa de Europa con esa espléndida generación de futbolistas, cedió ante la imposibilidad de conseguirla, el avance de la deuda, el cúmulo de conspiraciones menores, el pesimismo histórico, el hastío… Le sucedió Lorenzo Sanz.

Se abrían entonces nuevas perspectivas para el fútbol. Derechos de televisión más generosos porque aparecía la tecnología del pay per view, más la posibilidad de tener un canal propio, más la perspectiva de la comercialización por Internet… Lorenzo Sanz se adelantó. Encontró financiación para renovar el equipo, justo antes de que otros la encontraran, justo antes de que el mercado se disparase. Hizo un buen equipo. Un puntito caprichoso e indolente en ocasiones, pero consciente de que cada partido de Copa de Europa (ahora ya Champions League) era especial para la casa. Un equipo que se distanció de la vieja ética del esfuerzo, pero que cuando se lo proponía, brillaba a gran altura.

Un buen equipo que un buen día de mayo de 1998 se enfrentó en Amsterdam a la Juventus, con la Champions, heredera directa de la vieja Copa de Europa, en juego. Y ganó. Pareció un milagro, pero ganó. Por un solo gol, marcado en fuera de juego por Mijatovic. Ganó con Illgner; Panucci, Sanchís, Hierro, Roberto Carlos; Seedorf, Karembeu, Redondo, Raúl (Amavisca, 90’); Mijatovic (Suker, 89’) y Morientes (Jaime, 82’). Sanchís, hijo de uno de los ganadores de la sexta, era el capitán.

Un año de relajo y convulsiones dio lugar a una renovación rápida, que a pesar del valor histórico de su reconquista, se disolvió como humo entre dimes y diretes, celos, piques, dolce vita e impaciencia del aficionado. Se fueron Panucci, Seedorf, Karembeu, Mijatovic y Suker. Sanz, en una segunda pirueta, renovó el equipo. Un poco de cantera, fichajes de medio pelo y un caprichosísimo delantero francés, Anelka.

El equipo cambia, pero el estilo no. Sigue faltando la ética del esfuerzo, pero de nuevo aparece un aura especial. Y el mismo equipo que pena en la Liga española va superando fases de liguilla y eliminatorias poco a poco, pacientemente. Incluso Anelka, cuyo fútbol cotidiano es el colmo de la inefectividad, marca en semifinales dos goles al Bayern de Múnich, que casi justifican los 5.500 millones que se habían pagado por él.

Son momentos de gloria para el fútbol español, que ha metido tres de los cuatro semifinalistas. Mientras el Madrid elimina al Bayern con los goles de Anelka, el Valencia elimina al Barça. La final enfrenta al Madrid y al Valencia en París. El partido es un pic-nic para el Madrid: 3-0.

Jugaron: Casillas; Michel Salgado (Hierro, 83’), Iván Campo, Helguera, Karanka, Roberto Carlos; McManaman, Redondo, Raúl; Morientes (Savio, 70’) y Anelka (Sanchís, 78’).

Fueron primero cinco Copas consecutivas, las cinco primeras. O si se prefiere, seis títulos y dos finales perdidas en las 10 primeras ediciones. Luego, 32 años sin título. Y recientemente, dos títulos en tres años. Quizá sea que el Madrid ha encontrado de nuevo el camino a casa

El Club del Siglo


La historia del Real Madrid corre paralela al siglo XX. Desde el cine mudo hasta la guerra civil; el Madrid republicano, el franquismo, el Opus y la Falange, la llegada de la democracia. Y el futuro.


El País Semanal. 3 de Marzo de 2002. Por Joaquín Estefanía.

Mis padres se conocieron en el Bernabéu hace poco más de medio siglo. Poco después nací yo. Mi relación con el Real Madrid empieza, pues, en el útero materno: es predeportiva, prepolítica, preideológica. Y como tal, asume las contradicciones existentes: los flujos del útero son esencia de vida. Quién no tiene un ser querido al que muchas veces adora y admira, en otras simplemente lo soporta, y en ocasiones se pregunta: ¿cómo puede ser así?, y le duele. No soy un tipo extraño, todo lo contrario: de lo más corriente. Para salir del armario y confesar mi madridismo no he necesitado de valentía especial alguna: pertenezco a esa mayoría silenciosa de ciudadanos que se confiesan del Real Madrid y que creen que “el madridismo no es una religión, pero sí un sentimiento”.

El actual presidente del Real Madrid, Florentino Pérez, dice que el 49% de los españoles se declara del Real Madrid y que hay cien millones de seguidores del equipo por todo el mundo. Seguramente exagera, pero poco. En el mes de octubre de 2001, poco después de llegar a la presidencia, Pérez encargó una encuesta sobre “la esencia del Real Madrid”. El sondeo permanece encerrado bajo siete llaves, pero conozco algunas de sus conclusiones. ¿De qué equipo de fútbol de la liga española es usted aficionado o simpatizante? El 29,2% de los 2.000 encuestados contesta que del Real Madrid; el segundo equipo es el Barcelona, con el 18,5%. También hay algunas respuestas cualitativas interesantes. Por ejemplo, la que da un antiguo futbolista sin identificar: “Un jugador podía pensar que jugar aquí, en el Real Madrid, sería magnífico, pero tiene que saber que ya se llenaba el campo antes de que él viniera, mucho antes. Y ha habido un momento en que se ha vaciado el estadio porque la gente no atiende sólo a los resultados deportivos, atiende en este club a los resultados de imagen. Por eso Lorenzo Sanz pierde unas elecciones después de ganar dos Copas de Europa”. Un antiguo rival, también sin identificar, sentencia: “El Real Madrid es un club contra el que hemos crecido muchos”. Y otro jugador explica lo que ocurrió aquel doloroso día en que el Madrid fue derrotado 5-0 por el Milan: “Berlusconi [presidente del Milan] entró en el vestuario, hizo que nos agarrásemos las manos y nos dijo: ‘No os preocupéis, estamos orgullosos de haber ganado al Real Madrid porque es el mejor equipo del mundo; pero vosotros tenéis una fortuna que nosotros no tenemos, y es que, aunque ganemos la Copa de Europa, nunca, nunca seremos como vosotros”. Hay una respuesta más sobre el futuro: “Es cuestión de organizarse empresarialmente porque el club lo necesita, pero a la vez hay que mantener un departamento del corazón”.

Con estos mimbres, y otros que mencionaremos a continuación, se ha construido un mito, la leyenda del Real Madrid, acompañada de una realidad imbatible: ocho Copas de Europa, dos Intercontinentales, 28 campeonatos de Liga y 17 campeonatos de España han dado la base para que la FIFA le haya declarado “el mejor club de fútbol del siglo XX”.

La historia del Madrid coincide con la historia del siglo XX, aunque con sus propios picos de sierra. La primera etapa se extiende desde su nacimiento hasta la llegada de la República Española, a principios de la década de los años treinta. No es cierto que en el Madrid no se reconozcan los orígenes catalanes de sus primeros presidentes. El pasado 8 de febrero, la segunda noticia de la primera página de La Vanguardia decía: “La revelación del centenario: el Madrid nació junto a la Rambla”, y contaba lo siguiente: “Juan Padrós Rubió, primer presidente y fundador del Real Madrid, nació en la barcelonesa calle Bot…, a un paso de la popular Rambla”. Y acaba diciendo el reportaje: “La casa donde nació el primer presidente del Real Madrid sigue en pie, y el centenario blanco debería ser el momento idóneo para que la actual directiva madridista reparase una ignorancia histórica y dejase constancia de que en el corazón de Ciutat Vella vino al mundo Juan Padrós Rubió, el catalán que se convertiría, a los 32 años, en su fundador”.

No he encontrado resistencia alguna en los directivos e historiadores del Madrid consultados en reconocer tal origen. Todo lo contrario. Lo incorporan con naturalidad a la teoría del Madrid como club mestizo, que partiendo del fútbol inglés (el primer entrenador fue el británico Arthur Johnson) fue uno de los primeros que abrió brecha para contratar a jugadores de fuera de la ciudad, organizar giras deportivas y extender su nombre y la cotización de la marca más allá de las fronteras municipales en las que nació. La mayor parte de los libros consultados identifican el origen catalán de los hermanos Padrós (Juan y Carlos), que en los locales de su tienda de modas de la época, llamada Al Capricho, en la confluencia de la calle de Alcalá con Cedaceros, al lado de la madrileñísima Puerta del Sol, dan carácter oficial a la aventura del Madrid. En la trastienda, una especie de rebotica para tertulias, fundan el Madrid Football Club y lo inscriben en el Registro de Asociaciones con “el objeto de fomentar sobre bases progresivas la afición al juego llamado Football Association”. Lo que ocurre es que antes de su inscripción en el registro hay una protohistoria con los antecedentes del Real Madrid, el Sky, y en los libros oficiales del club figura como primer presidente el del Sky, Juan Palacios. Pero todos identifican la etapa inicial del club con los catalanes hermanos Padrós.

El nacimiento del club y del fútbol en Madrid está vinculado a la Institución Libre de Enseñanza (ILE), fundada por Francisco Giner de los Ríos, que tanta influencia positiva ha tenido en el sistema educativo de nuestro país. Dentro de la concepción krausista, humanista y liberal de la ILE, el deporte tenía su importancia como experiencia pedagógica. Cuenta el historiador Ángel Bahamonde (que próximamente va a publicar una historia comparada del Real Madrid en relación con los acontecimientos del siglo pasado) que Manuel Bartolomé Cossío, profesor de la Institución y sucesor de Giner, presumía de que “yo fui el primero que introduje un balón de origen inglés en Madrid, para jugar al fútbol”. Cossío trajo el balón con el que se jugaba en las cercanías de la Puerta de Hierro y del río Manzanares, a finales del XIX.

No es de extrañar que algunos de los fundadores del Madrid Football Club, o quienes jugaban en el equipo en los primeros tiempos, proviniesen de los ambientes institucionistas. La ILE cumplió en definitiva un papel fundamental en la introducción y difusión del fútbol en Madrid al promover la incorporación de la cultura física y el ejercicio deportivo, y valorándola como elemento indispensable en la formación integral del individuo.

Durante ese primer tercio del siglo, el Madrid, como los otros clubes, tiene que hacerse como institución. Pasar de la afición al arraigo en su ciudad. Al contrario que algunos de sus competidores, en sus orígenes no está la aristocracia, que cree que el fútbol es un juego de plebeyos, sino los comerciantes de clase media, además de los institucionistas y, no se sabe bien por qué, los estudiantes de ingeniería, preferentemente los de minas. Nada más registrarse juega su primer partido oficial contra el que será su máximo rival en estos primeros 100 años, el Barcelona, y pierde 3-1 en Madrid. Hay tres acontecimientos por encima de los demás en esta época. La búsqueda de un campo fijo: del terreno de la calle de O’Donnell (donde se valla el primer rectángulo de juego con la madera aportada por Adrián Piera, el abuelo del presidente de la Cámara de Comercio de Madrid durante tantos años, del mismo nombre, y se instala la primera taquilla) al de Ciudad Lineal y luego al primer Chamartín, para 15.000 espectadores, sobre el que en parte se construirá el actual Santiago Bernabéu. El segundo acontecimiento, poco después de que Alfonso XIII concediese al club el título de Real que se antepuso al nombre de Madrid, fue la llegada del profesionalismo; éste se asienta cuando se crea la Liga de futbol y los equipos empiezan a viajar, a fichar jugadores y entrenadores y a llevar necesariamente una contabilidad en toda regla. Desde ese momento –mitad de los años veinte–, el Real Madrid marca a fuego la imagen de equipo bien gerenciado que forma parte de su idiosincrasia: ser una sociedad, como la definió luego Bernabéu; una estructura bien organizada. El último elemento es el más popular: al iniciar la década de los treinta, el Madrid ya había hecho varios fichajes foráneos (Machimbarrena, Petit…), pero entonces llega el más sonado. En las historias de todas las sociedades se pueden encontrar momentos estelares y decisiones que las marcan de manera decisiva: para el Real Madrid, uno de los principales fue la contratación, por la astronómica cantidad de 150.000 pesetas, del “mejor portero del mundo”, Ricardo Zamora, mítico portero de la selección española y hasta entonces del Español de Barcelona.

Con el fichaje de Zamora se inicia otra etapa en la historia del Madrid, que ya ha logrado enraizar sus señas de identidad. A través de la Puerta del Sol llega alegre y popular la II República, y el club pierde coyunturalmente el título concedido por el rey y vuelve a ser sólo “el Madrid”. Para empezar, en la primera temporada de la década de los treinta, el Madrid gana su primera Liga. Con una peculiaridad: lo hizo imbatido. Los años de la República fueron esplendorosos para el equipo, marcados por una acertada política de fichajes: los Ciriaco, Quincoces, hermanos Regueiro, etcétera, se añaden a los de la cantera y a aquellos foráneos que se instalaban en Madrid para realizar sus estudios universitarios. Madrid y Athletic de Bilbao comparten la hegemonía del fútbol republicano. El fichaje de Zamora crea las condiciones para que, por primera vez en su historia, jugadores de otras plantillas de España y de fuera deseen jugar en el Madrid. Se puede encontrar un paralelismo entre el club y la ciudad a la que representa: Madrid acoge a gente de todo el mundo; emigrantes, artistas, políticos, intelectuales y también futbolistas llegan de todas partes y se integran con facilidad. Frente a las señas de identidad étnicas de otros equipos, sobre todo los vascos, el Madrid amplía su imagen de equipo abierto, mestizo.

La historia de un club son sus jugadores. Pero no solamente ellos. También sus presidentes. Hubo durante la II República, a partir de 1935, un presidente importante para el Madrid, hoy casi olvidado ante la personalidad irresistible de otros posteriores. Fue Rafael Sánchez Guerra. Su actividad pública es muy significativa: ciudadano característico del 14 de Abril, fue subsecretario de la presidencia con don Niceto Alcalá Zamora. Perteneciente al partido de éste y de Miguel Maura, es ayudante del coronel Casado, y cuando, finalizando la guerra civil, Madrid está a punto de caer, se niega a huir, es apresado y encarcelado. Cuando sale del presidio se exilia en París y forma parte del Gobierno republicano de Giral. Morirá en un convento unos años más adelante, en plena dictadura franquista, después de un ataque de misticismo.

Sánchez Guerra, que fue elegido con la opinión en contra de los compromisarios más conservadores, quisó hacer del Madrid un equipo de masas, apoyado en los éxitos de su fútbol. Entre éstos figura la Copa de España de 1934, con una alineación que los niños recitarán de memoria y en la que figuran nombres que están en la historia de oro del Madrid: Quincoces, Hilario, Leoncito, Ciriaco, Samitier (el primer traidor que vendría del Barcelona al Madrid), Zamora, Bonet, Lazcano, Luis Regueiro, Eugenio, Pedro Regueiro. La gana en Barcelona (Montjuïc) contra el Valencia. Mayo de 1934, estación de Atocha: el Madrid llega en tren con la Copa. Miles de personas lo aclaman. El alcalde Pedro Rico lleva la banda municipal, que toca dos veces, entre el éxtasis de la gente, el Himno de Riego. Madrid es la ciudad del 14 de Abril, y el Himno de Riego es su himno. El Madrid es el equipo de fútbol de Madrid. Madrid, capital de la gloria, como la designó Alberti.

Los años de la II República, hasta el estallido de la guerra civil, son los del asentamiento del club como entidad deportiva y empresarial. Sin duda, el Madrid es el club más estable de la época y con más proyección de futuro. Fue el más perjudicado por la sublevación de Franco. En el conflicto estallan en el club, con todo su dramatismo, las mismas luchas fratricidas que están asolando el país. Con miles de personas alrededor del equipo, se multiplican las tensiones entre la vieja élite tradicional y los socios populares: entre nacionales y republicanos. Ya hemos visto que su presidente, leal a la República, es encarcelado cuando cae Madrid. En el mes de agosto de 1936, el Frente Popular se incauta del Madrid. Según se cita en la estupenda historia del Real Madrid publicada por el diario As y dirigida por Bernando de Salazar, el periódico Informaciones informa de la incautación del siguiente modo: “Un club democrático como el Madrid, con un plantel de socios netamente republicanos de izquierdas, no podía temer nada. La Deportiva Obrera, que tiene un gran concepto de los principios deportivos, encontró justos los razonamientos de algunos socios, y juntos concibieron un plan que ha sido puesto en práctica y aprobado sin excepción alguna por todos los sectores deportivos de Madrid. Reunidos socios del Madrid y directivos de la Federación Obrera acordaron designar un comité directivo que sustituya a la actual junta directiva… En un cambio de impresiones que ha tenido el citado comité han decidido respetar el terreno de juego de Chamartín y abrir el próximo lunes todos los servicios del club, de los que sólo podrán beneficiarse los socios que pertenezcan a algún partido del Frente Popular y los jóvenes obreros que presenten un volante especial expedido por la Federación Deportiva Obrera…

Parece que uno de los proyectos más interesantes que tiene el nuevo comité directivo del Madrid es el de organizar un encuentro a beneficio de las familias de los caídos en la lucha contra los facciosos. Como adversario tendría el Madrid una selección de la URSS, equipo que ha logrado en una reciente excursión resultados magníficos de indudable valía”.

En 1939, cuando termina la guerra, el Madrid ha de partir de la nada. Tiene a su presidente, Sánchez Guerra, encarcelado, y a una parte de sus jugadores en el exilio. En sus memorias, tituladas Mis prisiones, cuenta Sánchez Guerra. “Me despedí de Julián Besteiro, pero con más emoción que cuando los separamos en la prisión de Porlier. No sé por qué tenía el presentimiento de que no iba a volver a verlo. Le observé también profundamente conmovido. Se veía en sus rasgos una gran melancolía y hasta tristeza. Jamás olvidaré este último momento”. Se formó un comité de salvación para dirigir el club. Sánchez Guerra no fue el único perseguido de la junta directiva republicana; hubo otros directivos depurados, en este caso por los milicianos: entre ellos, el vicepresidente, Gonzalo Aguirre, que fue detenido primero y asesinado después de sacarle por la noche de la checa de Porlier, o el tesorero, Valero Rivera, al que asesinaron en una checa de Usera.

La plantilla campeona de 1936 estaba diezmada: los hermanos Regueiro y Emilín Alonso se quedaron en México, tras haber jugado con la selección de Euskadi; Zamora, Ciriaco y Eusebio se habían retirado; a Hilario y otros se les dio de baja. El campo de Chamartín, aunque se había salvado de los bombardeos, estaba en un pésimo estado. A pesar de la leyenda negra, nunca fue un campo de concentración. Los vencedores pretenden que el Madrid se convierta en el equipo de la aviación, pero las cauciones son tantas que los nuevos directivos no acceden, y es el Atlético de Madrid el que deviene en Atlético de Aviación. Durante los primeros años de la posguerra se convierte en el equipo hegemónico.

En el cuarto año triunfal de Franco llega a la presidencia del Real Madrid Santiago Bernabéu. Poco antes, el Madrid había recuperado el título de Real y había conseguido el primer gran éxito deportivo de la posguerra, destacable por sonado: un 11-1 al Barcelona en la Copa, la mayor diferencia histórica de goles entre los dos equipos en toda su historia. Comienza una nueva etapa, pero no la primera, como pretenden algunos hagiógrafos del franquismo, que intentan hacer de 1943 una especie de año cero del club, olvidando sus realidades republicanas. Se pasa de un presidente republicano a otro que había pertenecido a la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA) y que había combatido en el ejército de Franco. En el Libro de oro del Real Madrid, 1902-1952, editado por el club en su cincuentenario, se cuentan del siguiente modo estas circunstancias de la posguerra: “Poco después, la guerra civil ensangrienta al país. La vida del club se paraliza. Algunos buenos madridistas guardan el tesoro que representa su documentación y sus reliquias. Mientras tanto, en su campo de juego se celebran partidos de fútbol y festivales gimnásticos casi a diario, organizados por las fuerzas militares. Sin estropear sus instalaciones, en los espacios libres se ve crecer una pequeña huerta… A la finalización de la guerra civil española, en la histórica fecha del 1 de abril de 1939, después de cerca de tres años de un asolador conflicto interno de los que más suelen destrozar la vida de los pueblos, la tarea del resurgir patrio no constituía un problema de fácil solución. No se contaba con la base principal de un equipo, ya que del conjunto conquistador del título nacional en junio de 1936, en el terreno valenciano de Mestalla, sólo figuraban en activo Quincoces, Souto, Bonet y Lecue, mientras los restantes jugadores, o se habían retirado, o parecían desperdigados incluso por lejanas tierras, sin posibilidad por el momento de retorno”.

En el número 1 de la calle de Jericó, en el madrileño barrio del Niño Jesús, el Ayuntamiento ha puesto una placa que dice: “En esta casa vivió hasta su fallecimiento en 1978 Santiago Bernabéu, presidente del Real Madrid”. Treinta y cinco años de presidente dan para una larga etapa, sin duda la más central del club. Nacido en Almansa en 1895, a sus años como presidente hay que añadir otros tres lustros por delante en los que fue jugador, capitán, entrenador, delegado y directivo del Real Madrid. Bernabéu, “tan conciso, tan tenaz, tan meditabundo, es para el Real Madrid como para España fue Felipe II: su mejor rey”, dice el libro de oro del club. Era un hombre de la CEDA y se opuso en su momento a Sánchez Guerra. Cuenta Bahamonde una historia muy gráfica del personaje. Febrero de 1936, mitin de la CEDA en el Monumental de Madrid: baja Bernabéu de un coche y se le cae un pistolón; un guardia de asalto se lo devuelve. En el Madrid republicano de los primeros meses de la guerra es buscado por su pertenencia al partido de Gil-Robles. Cuando consigue escaparse se enrola en el ejército de Franco, donde llega a cabo. Participó en el frente de Aragón y se le concedió, junto al resto de sus compañeros, la medalla de campaña por los méritos contraídos en la misma.

Aparte de ese perfil de hombre de derechas, paternalista con sus trabajadores, enemigo frontal de los nacionalismos –y, por tanto, como se dice hoy, políticamente correcto para la época–, Bernabéu es un personaje clave en la historia del Real: el que hizo del mismo el primer club de fútbol de España por sus títulos deportivos, y una institución por su influencia. Modesto y honesto, Bernabéu consolida una cultura madridista que se transmite de padres a hijos. Obsesionado por conseguir un estadio digno de un equipo campeón, lo logró con creces en Chamartín. Recoge ideas de todas partes, tiene visión de futuro, pasa como puede (sin títulos, ni de Liga ni de Copa, pese a la leyenda negra) los tristes años de la posguerra, devuelve al Madrid donde estaba en la época republicana y lo alza a lo más alto en Europa y en el mundo. En los años del franquismo, España no era una referencia en nada; en el fútbol, sí, a través del Real Madrid. Por ello, esa identificación sobrevenida entre el club y el régimen. Sabe rodearse de gente interesante según la época; personas muy preparadas, influyentes y representativas. Los cuatro hombres básicos de las directivas de Bernabéu fueron, además de él mismo, Raimundo Saporta, Agustín Domínguez y Antonio Calderón. Bernabéu delegará mucho en los otros tres.

Primero (1947) consigue el actual terreno de juego en Chamartín, que más adelante, en 1955, tomará el nombre de estadio Santiago Bernabéu. Un poco más tarde trata de fichar a Kubala, pero se le adelanta el Barcelona. En 1953 trae al equipo a Alfredo Di Stéfano, después de una pugna con el Barcelona, episodio que forma parte de la amplia saga de tensiones entre ambos clubes: el Barcelona niega legitimidad de origen a la llegada de Di Stéfano al Madrid y dice que sin intervención política (el Gobierno no consentiría que Di Stéfano y Kubala jueguen en el mismo equipo) no se hubiera alejado de la Ciudad Condal; el Madrid contraataca afirmando que Di Stéfano no hubiera venido nunca si el Barcelona no lo hubiese ninguneado.

El tándem Bernabéu-Di Stéfano es el eje seminal de un siglo de historia y de leyenda. A partir de la entrada del argentino en el Bernabéu llega la época dorada del Real Madrid, que ningún aficionado al fútbol bienintencionado puede olvidar: cinco Copas de Europa consecutivas y luego una más; una Copa Intercontinental, innumerables Ligas, el fichaje de otros jugadores memorables, etcétera. La delantera Kopa, Rial, Di Stéfano, Puskas y Gento es sinónimo de invencible, y es recitada por los madridistas de carrerilla.

El éxito del Real Madrid genera sus propios antídotos. Y surge la leyenda negra del Madrid como equipo del régimen. Naturalmente, hay una parte de realidad –no más que el resto de los principales equipos de fútbol de la época– y otra parte sobreimpresa. La imagen de Franco en el palco del Bernabéu en las finales de la Copa del Generalísimo (las jugase o no el Madrid) y en las demostraciones sindicales del Primero de Mayo multiplican las diapositivas de la película de equipo del régimen. Pero en esas ocasiones, el Real no era más que el anfitrión del mejor estadio, en la capital de España.

El Real Madrid presume de ser un club con buenas relaciones con el poder. Con todo tipo de poder. También fue señalado como uno de los equipos de la República. Cuenta Julián García Candau, en su libro Madrid-Barça: historia de un desamor, que Raimundo Saporta conversó frecuentemente con Franco. A la pregunta de si fue el Madrid el equipo del régimen, contesta in consiglieri de Bernabéu: “Fue el equipo de la institución. Siempre ha sido del que manda. Primero fue monárquico con Alfonso XIII, republicano y después franquista. Al Madrid lo apoyó el régimen, pero supongo que en compensación a la labor del club en el extranjero, en donde alcanzó un reconocimiento que el país no tenía en otros aspectos”. Cuco Cerecedo, en su Sociología insolente del fútbol español, escribe irónico: “El Real Madrid ha sido la institución no oficial que más se ha identificado y más brillantes servicios ha prestado al régimen. Tal cosa, ni sus más encarnizados enemigos podrían discutirlo. A la vista de todos se encuentran las innumerables recompensas, condecoraciones y felicitaciones oficiales con que el club merengue ha sido distinguido a lo largo de su preclaro historial. Sin lugar a dudas, los tres acontecimientos decisivos del periodo que va de 1950 a 1960 fueron la firma del Concordato con el Vaticano, el pacto con EE UU y las cinco Copas de Europa. Se puede afirmar que Pío XII, Eisenhower y Bernabéu llevaron a España a ser un miembro de pleno derecho de la comunidad internacional”.

A pesar de esta visión lineal de las afinidades entre el franquismo y el Real Madrid, que los madridistas atribuyen al rencor y al victimismo por un currículo deportivo imbatible, las cosas no fueron tan sencillas. Las relaciones de Bernabéu con el régimen franquista también tuvieron sus aristas. El régimen se benefició del Madrid más que el Madrid del régimen. El presidente del Madrid sufrió varios encontronazos con algunos jerifaltes del franquismo al reivindicar su autonomía: en el club mandaba él. El más conocido quizá fue el que le enfrentó al temible fundador de la Legión, Millán Astray, al que cerró el palco del Bernabéu. Millán le retó a duelo, y sólo la intervención de Muñoz Grandes cerró el caso. En la última parte de su vida, don Santiago no ahorró críticas a los políticos que no le concedieron la recalificación del solar del Bernabéu para saldar la deuda del club y construir un nuevo estadio cubierto con capacidad para 120.000 espectadores en Fuencarral, cuando unos años antes habían hecho lo contrario, con el viejo campo de Les Corts, al Barcelona.

La muerte de Santiago Bernabéu y la marcha de Alfredo Di Stéfano marcan otro punto y aparte, con varias características notables: la nostalgia por el papel central representado en Europa (32 años tardaría el Real en conquistar la séptima Copa de Europa, que vino casi seguida de la octava), y la necesidad imperiosa de adaptarse a unos tiempos de modernidad en los que el negocio, la parte menos romántica del deporte, se impone sobre las consideraciones sentimentales y a veces sobre las meramente deportivas. Luis de Carlos, tesorero de Bernabéu, le sustituyó en la presidencia del club. Algunos testigos de las tripas de esa sucesión apuntan la posibilidad de que el Opus Dei intentara el asalto a la sociedad a través de Gregorio Paunero y el Banco Popular, que era la entidad financiera con la que trabajaba el Madrid, pero no cuentan con una secuencia lógica suficientemente demostrativa del acontecimiento, que, por otra parte, no llegó a producirse.

A De Carlos le sustituyó Ramón Mendoza, lo que generó tensiones con los estamentos más conservadores del club. Sus vinculaciones comerciales con la Unión Soviética y la acusación de ser el hombre de Moscú e incluso de estar vinculado al KGB eran demasiado para quienes todavía el día anterior habían convivido con militares, falangistas, funcionarios grises del franquismo y con los tecnócratas del Opus Dei, algunos de los cuales, como Gregorio López Bravo, eran visitantes habituales del palco del Bernabéu. Mendoza es la protohistoria de la modernidad que en este comienzo del siglo XXI vive el Madrid, y su nombre quedará vinculado al cariño de los aficionados por otra sensacional racha de resultados, como las cinco Ligas consecutivas conquistadas por una extraordinaria generación de futbolistas, liderada por la quinta del Buitre (Emilio Butragueño, Michel, Martín Vázquez, Sanchis y Pardeza), que emerge de la cantera del Madrid y se apoya en otros como Gordillo o el gran Hugo Sánchez, que hicieron época.

Lorenzo Sanz sustituye al dimitido Ramón Mendoza. Sanz pertenecía a la junta directiva de Mendoza y las relaciones entre ambos se agriaron mucho. Cuando le preguntaban, Mendoza contestaba despectivamente: “No te fíes nunca del mayordomo”.

El mandato de Sanz es muy paradójico. Perteneciente en su juventud a las filas de Defensa Universitaria, una formación de extrema derecha que aporreaba a estudiantes progresistas en la universidad, Sanz devolvió al madridismo a la primera división europea: dos Copas de Europa, obtenidas contra el Juventus y el Valencia, en Amsterdam y París, respectivamente. El multitudinario recibimiento de la ciudad de Madrid a los campeones en las dos ocasiones rozó el delirio, y confirmó una costumbre bastante contemporánea en la historia del Real: la vinculación de los éxitos del equipo a la estatua de Cibeles, escultura de Ventura Rodríguez.

A pesar del renacer europeo del Real Madrid, el mayor deseo de sus socios, Sanz fue derrotado contra todo pronóstico en las elecciones presidenciales que convocó apenas dos meses después de vencer por 3-0 al Valencia en París. ¿Incomprensible? Florentino Pérez cree que Sanz perdió por olvidarse de las esencias del madridismo, que no son sólo resultados, sino buen juego y tradición. “Los socios del Madrid”, dice Pérez, “sienten tanto el patrimonio deportivo como esas virtudes que han conformado la cultura del Real Madrid: espíritu de lucha, señorío, liderazgo, solidaridad, respeto al adversario, etcétera. Por eso, el Real Madrid no puede ser sociedad anónima. Los socios del club queremos ser propietarios del mismo, en sus virtudes y su cultura, no sólo en los números”.

Florentino Pérez, con el que el Real ya ha ganado su primera Liga, parece seguir miméticamente la senda de Bernabéu, adaptada a los nuevos tiempos. Conoce lo mejor de la historia del club y sus intangibles. Saneamiento económico del club, para lo cual ha vendido la ciudad deportiva de la Castellana a cambio de una más moderna; fichaje de fenómenos como Figo o Zidane, entre los mejores del mundo; protagonismo a los jugadores emblemáticos del madridismo como Raúl; cuidado de la cantera, que está siendo mimada y potenciada, y buenas relaciones con el poder: ha abierto el palco del Bernabéu a todo el mundo, a políticos del partido del Gobierno y de la oposición, incluida Izquierda Unida; a empresarios, banqueros, sindicalistas, medios de comunicación, los socios más antiguos, intelectuales y artistas, etcétera. Intenta hacer del Real Madrid “un lugar de encuentro de gente de todo tipo de ideologías con un elemento común: el madridismo y su cultura”.

El riesgo que tiene por delante, dicen sus críticos, es el exceso. Y por supuesto, que los resultados no acompañen este ambiente grandioso que impregna la celebración del primer centenario. Esos críticos detectan el crecimiento de un cierto antimadridismo militante, que se hace público en los campos de los contrarios, como rechazo a lo que parece un poder omnímodo del Madrid. Y en segundo lugar, el sorprendente florecer de “decenas de madridistas de nuevo cuño del Partido Popular” en el palco del Bernabéu, que deviene en algo así como la bodeguilla de la derecha española. La presencia de Florentino Pérez en el reciente congreso del PP corrobora este tipo de críticas. Pese a ello, Pérez tuvo el arrojo de nombrar director deportivo a Jorge Valdano, un hombre de izquierdas que no ha despertado precisamente simpatías en La Moncloa.

Excesivo o no –todavía es pronto para saberlo–, el centenario ha servido para que vuelvan a las retinas y renazcan en las memorias mitos como los de Alonso, Amancio, Breitner, Butragueño, Ciriaco, Di Stéfano, Figo, Gento, Gordillo, Hugo Sánchez, Hierro, Ipiña, Juanito Maravillas (a quien ahora se recuerda en el Bernabéu en el minuto siete –su número en la elástica– de cada partido), Laudrup, Mijatovic, Molowny, Muñoz, Michel, Netzer, Puskas, Quincoces, Raúl, Redondo, Santamaría, Sanchis (padre e hijo), Santillana, Stielike, Velázquez, Zamora, Zidane y tantos otros a los que, por muchas contradicciones que existan, nunca olvidaremos. Porque nos han hecho felices muchas veces.

En las últimas imágenes del capítulo dedicado a Puskas de la sensacional serie televisiva El partido del siglo, producida por Elías Querejeta, el histórico jugador húngaro del Madrid, que padece un terrible alzheimer, dice mirando al infinito mientras se le saltan las lágrimas: “El fútbol me gusta quizá más que la vida”. Pues eso.